Nueve desconocidos huyen en globo de unos bombardeos. Deben decidir quién de ellos se tiene que tirar al mar para que el resto pueda llegar sano y salvo a una isla desierta y comenzar una nueva civilización. Los viajeros del globo son los únicos supervivientes de una guerra mundial que ha hecho desaparecer el mundo tal y como lo conocemos. Lo que está en juego, en realidad, no es el futuro de la especie humana, sino un trabajo temporal como vendedor en unos grandes almacenes.
«Así era la búsqueda de empleo en 2011», podría escribir Carlos, el narrador de esta novela, que desde un futuro incierto intenta rescatar, junto con otras voces cercanas y cómplices, el mundo en el que vivió y al que, «por motivos de sobra conocidos, ya no podemos volver». Desde ese enigmático exilio, el narrador rastrea, a través de memorias aparentemente anecdóticas, las oscuras corrientes subterráneas que transformaron la vida de todas aquellas personas que conocía, llevándolas tan lejos de allí.
Aunque ese primer cuarto del siglo XXI parezca un tiempo irrecuperable, quizá al narrarlo, al volverlo a contar como una ficción, Carlos pueda descifrar y redescubrir –como le recuerdan los correos cada vez más fantasiosos y delirantes de su hermano mayor– las claves de una época que parecía inmune a la fábula y la aventura, donde las únicas ficciones toleradas eran aquellas que permitían competir por un trabajo de mierda.
Fuente: Anagrama
Luis López Carrasco (Murcia, 1981) es cineasta y escritor. Cofundador del colectivo audiovisual Los Hijos, su trabajo como director ha sido proyectado en numerosos festivales y centros de arte de todo el mundo. Su última película, El año del descubrimiento, recibió numerosos galardones nacionales e internacionales, entre los que destacan los Premios Goya a Mejor Documental y Mejor Montaje. En 2023 ganó el 41.º Premio Herralde de Novela con la obra El desierto blanco. Dos años después recuperamos Europa, su debut narrativo, en una nueva edición revisada por el autor.
Fuente: Anagrama
Reseña El desierto blanco de Luis López Carrasco
Hay novelas que imaginan el fin del mundo y otras que se limitan, probablemente con mayor lucidez o quizá desesperanza, a mostrar cómo se vive cuando el mundo ya ha comenzado a erosionarse. El desierto blanco, de Luis López Carrasco, pertenece a esta segunda categoría.
Su apuesta no consiste en exhibir la espectacularidad del desastre, sino en examinar la textura cotidiana de una época que ha incorporado la crisis como condición permanente. El punto de partida parece inscribirse en la tradición distópica. López Carrasco nos presenta a un grupo de desconocidos que escapa de unos bombardeos en un globo aerostático,
para alcanzar una isla donde iniciar una nueva comunidad. El esquema remite a la ficción de supervivencia y a los mitos de origen. Sin embargo, el relato introduce una torsión decisiva, ya que lo que realmente se disputa no es la continuidad de la especie, sino la obtención de un empleo temporal. El horizonte épico se contrae hasta convertirse en un cínico proceso de selección laboral. La salvación adopta la forma de contrato precario, de una esclavitud sumisa forjada a base de escasez.
Esta operación narrativa revela la dimensión central de la novela puesto que el colapso no se presenta como acontecimiento súbito, sino como normalización. La devastación no es únicamente bélica ni estrictamente ecológica, es, sobre todo, social. El desierto del título puede leerse como metáfora de una desertificación de expectativas, de vínculos y de futuro. La comunidad no se desintegra en una explosión final, sino que se vacía gradualmente bajo la lógica de una práctica extractivista extrema que ha llevado hasta la extenuación a los recursos del planeta arrastrando con ella, física y moralmente, a la sociedad. La estructura fragmentaria y el uso de la rememoración refuerzan esta impresión. El narrador reconstruye episodios desde un porvenir desplazado, haciendo extrañas y desoladoras alusiones a escenarios extraplanetarios, que no intensifican la fantasía, sino que acentúan la distancia crítica. El futuro funciona como lente para observar un presente reconocible donde se superponen las crisis económicas encadenadas, los empleos degradados y las guerras sin sentido. La distopía emerge por acumulación de indicios, no por descripción exhaustiva de un sistema opresivo.
Desde una perspectiva ecosocial, la novela desplaza el debate sobre el antropoceno hacia el ámbito de la subjetividad. No se trata únicamente de alteraciones geológicas o climáticas, sino de la transformación de la experiencia en el tiempo. Cuando el porvenir se reduce a trámite y la supervivencia se confunde con empleabilidad, el colapso ya no necesita
proclamarse pues se ha convertido en una realidad palpable. El episodio del globo condensa esta lógica. La viabilidad colectiva depende de prescindir del otro. La decisión no es impulsiva ni tiránica, sino que se formula como cálculo. Aquí la crítica abandona el imaginario del totalitarismo clásico para explorar una forma más difusa de gestión biopolítica. Se normaliza la selección silenciosa de quienes pueden seguir participando en el sistema y quienes quedan fuera. La amenaza no adopta el rostro de un dictador, sino la mera supervivencia del sacrificio del uno por la masa.
La prosa de López Carrasco evita la grandilocuencia y se mantiene en un registro sobrio, a menudo elíptico. Esta contención impide que el texto derive hacia el alegato explícito. No hay moraleja ni programa de reconstrucción. Lo que permanece es una atmósfera de desgaste, una sensación de que la excepcionalidad ha sido absorbida por la rutina. En el marco de la narrativa española reciente, El desierto blanco dialoga con una tendencia que desplaza la distopía desde la representación de sistemas totalitarios hacia el análisis de las dinámicas neoliberales de exclusión y precariedad. La pregunta que articula el libro no es cómo será el mundo después del desastre, sino cómo se configura la vida cuando el desastre se ha vuelto cotidiano. La potencia de la novela reside, precisamente, en esa inversión. El desierto no es un escenario remoto ni un paisaje postapocalíptico convencional. Es la forma que adopta el presente cuando el futuro deja de funcionar como promesa y se convierte en filtro. En esa transformación silenciosa a la que se está avocando la sociedad se cifra la inquietud que atraviesa el texto.
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★★★★★ (5 / 5)El desierto blanco nos da un baño de realidad a través de esta original historia. No hace falta que venga una catástrofe y acabe con la humanidad. Se ha perdido la esperanza en un mundo mejor,de épocas anteriores, en este texto los personajes se matan por un empleo precario, y se podría extrapolar tambien al tema de conseguir una vivienda…
El desierto blanco, de Luis López Carrasco, convierte una aparente historia de supervivencia en una metáfora sobre la precariedad laboral y el desencanto generacional. Con una voz reflexiva, reconstruye la memoria de una época marcada por la crisis y la competencia por un trabajo efímero.
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