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Escrituras del Antropoceno

La forastera

· 2020.

Tras una juventud de excesos, Angie vive retirada -casi atrincherada- en una aldea recóndita del sur. Para los vecinos es la loca que se deja ver en compañía de sus perros. Su existencia transcurre en el viejo caserón familiar, en un cruce continuado de dos tiempos: el presente y el pasado. Tan solo tiene a sus fantasmas y el recuerdo del amor vivido con un artista inglés en el Londres olvidado de Margaret Thatcher.

El hallazgo del cuerpo ahorcado del terrateniente más poderoso de la comarca lleva a Angie a desenterrar viejos secretos familiares y a descubrir el hilo fatal de muerte, incomprensión y silencio que une a todos en la comarca. ¿Es el aislamiento? ¿Son los nogales, que secretan una sustancia venenosa? ¿O acaso la melancolía de los húngaros, que llegaron hace siglos con sus baúles y violines? Angie sabe que, cuando lo has perdido todo, no hay nada que puedan arrebatarte.

La forastera es un western contemporáneo en el territorio áspero de una España olvidada. Un relato estremecedor y emocionante sobre la libertad y la capacidad de resistencia del ser humano.

 

Fuente: Agencia literaria Carmen Balcells.

Sobre...
Olga Merino
Olga Merino
Olga Merino

Olga Merino estudió Ciencias de la Información e hizo un máster en Historia y Literatura Latinoamericanas en el Reino Unido. Durante los noventa trabajó cinco años en Moscú como corresponsal para El Periódico de Catalunya, y vivió la transición del régimen soviético a la economía de mercado. De aquella experiencia surgió su primera novela, Cenizas rojas, que tuvo un gran éxito entre la crítica. Cinco años más tarde, en Espuelas de papel, volvió a demostrar su interés por retratar las transformaciones sociales y el pasado reciente, línea que ha seguido cultivando en sus obras más recientes. En el año 2006 obtuvo el Premio Vargas Llosa NH por Las normas son las normas, una narración sobre las víctimas de la Guerra de Crimea. Actualmente sigue trabajando para El Periódico y es profesora en la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès.

Fuente: Agencia Literaria Carmen Balcells.

Reseñas LIT-FUTURE

Geneviève Fabry (UCLouvain)

La trama de La forastera gira alrededor del personaje de Ángela quien, después de haber vivido su infancia en Barcelona y su juventud en Londres, decide volver al pueblo natal de sus padres para ocupar la casa vieja de su abuela. La narradora asume su lugar de “forastera”, oscilando entre su voluntad de volver a insertarse en la vida pueblerina andaluza y sumergirse en sus recuerdos, especialmente su relación amorosa con un pintor inglés. La intriga arranca con el descubrimiento del cuerpo del terrateniente del lugar, que se ha suicidado por motivos oscuros. Este hecho desencadena una serie de interrogaciones que inducen a la protagonista a llevar a cabo una encuesta acerca de esta muerte y de las relaciones que unen al terrateniente con su propia familia. Descubre así las circunstancias de la muerte de su padre, su filiación escondida y los lazos que lo unen a la tía Emeteria, cuyo fantasma se le aparece a Ángela.

Este motivo vincula el relato con otras novelas de la ruralidad en las que los hechos sobrenaturales que transcurren en mansiones viejas y apartadas recuerdan la tradición gótica. Sería el caso, por ejemplo, de Las herederas de Aixa de la Cruz (2022) o de Carcoma de Layla Martínez (2021): ambas novelas transcurren en una casa rural antigua habitada por fantasmas que se comunican con sus moradores actuales, típicos neorrurales que han huido de una ciudad inhóspita. Sin embargo, la reactivación de lo gótico no es para nada costumbrista o complaciente: busca llamar la atención en fenómenos muy concretos que afectan radicalmente la vida rural.

Desde las primeras páginas de la novela, se retrata a Ángela como un personaje verosímil anclado en una economía de subsistencia que combina retazos del Estado de bienestar con el trabajo como temporera en la recogida de aceitunas. Este realismo se prolonga en la variedad de personajes que viven, o mejor dicho sobreviven, en un pueblo abandonado por sus habitantes más jóvenes y dinámicos: la narradora se relaciona así con el cura Andrés, el obrero agrícola migrante Ibrahím, Tomás, el dueño del bar, o Rodales, un anciano refugiado en la vieja fábrica de harina.

En este panorama socialmente deprimido, las mellizas herederas del terrateniente fallecido quieren abandonar la agricultura, transformando su hacienda y los terrenos colindantes en un lugar de ocio, con un hotel de lujo y un amplio coto de caza. Para concretar su propósito, necesitan expulsar a Ángela, quien va a resistir a las intimidaciones de las mellizas que encarnan la faceta más calculadora y cínica de la financiarización y la desagrarización del campo.

Al final de la novela, Ángela prende fuego a la casa de las hermanas que han heredado la finca, con tal de impedir la construcción del complejo turístico que acabaría también con la casa familiar. El acto violento final responde a la agresión que constituye, para la protagonista, esta nueva manera de explotar el campo en la que no importan ni la tierra, ni sus habitantes. La forastera termina con la huida de Ángela hacia el mar, acompañada por su perra “la Curra y todos mis muertos” (Merino 2020: 229).  Este viaje final le da su sentido a la quema de las casas y apunta a un sacrificio regenerador: “me abraza la certeza de que volverá a brotar la vida en esos campos cubiertos ahora por una ceniza blanca y fecunda” (Merino 2020: 232).

 

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